En los post anteriores sobre éste tema vimos, gracias al dilema del prisionero y al juego de halcones y palomas que pueden aparecer conductas altruistas en un entorno donde la moralidad no está presente en absoluto.

En el caso del dilema del prisionero ya vimos que, si se jugaba de forma reiterada, finalmente los participantes acababan cooperando; vimos también que una conducta agresiva y de dominio no es siempre la mejor para tener éxito evolutivo y que la naturaleza sabe premiar también a los pacíficos frente a los más fuertes.

Los juegos y las situaciones que generan la necesidad de cooperar entre los hombres son mucho más frecuentes de lo que en principio pudiese pensarse aunque pueda parecer, y de hecho casi siempre lo parece, paradójico.

Partiendo de lo aprendido con esos juegos, permítanme proponerles un último juego antes de que pase a entrar de lleno en las conclusiones y en lo que yo pienso sobre el origen de la justicia. Éste último ejemplo de juego que voy a proponerles ocurrió hace unos 28.000 años, cuando la última familia de lo que fueron los restos de una tribu Cromagnon bajó desde la meseta y, caminando hacia el Sur, llegó hasta las cercanías de un enorme promontorio de piedra que, pasados los años, se llamaría Gibraltar.

Los motivos por los que los restos de aquella tribu Cromagnon llegaron hasta aquella zona no nos es posible saberlos, quizá fuese una hambruna, quizá algún enfrentamiento con otra tribu por territorios de caza… lo cierto es que hasta los alrededores de la roca llegaron caminando apenas cinco individuos: Padre-Cromagnon, Madre-Cromagnon y sus tres crías.

Padre-Cromagnon era un cazador experto, sabía cazar usando trampas y, además de lanza y cuchillo, portaba como arma ofensiva una honda que le permitía lanzar piedras a distancia. Padre-Cromagnon, estando solo ahora como estaba, no podía aspirar a cazar por sí mismo grandes piezas pues una herida o una mala lesión pondrían en riesgo la vida de toda su familia. Arriesgar la vida o la salud era un riesgo que Padre-Cromagnon no podía asumir.

Padre-Cromagnon dedicó la primavera y el verano a la caza de pequeñas piezas como conejos, liebres y diversas clases de pájaros; usaba para ello distintos tipos de trampas cuyo uso había aprendido de sus antepasados. Pero, aquella mañana de final de verano, Padre-Cromagnon había decidido que buscaría alguna pieza de mayor tamaño, una pieza que le ofreciese a su familia carne abundante para salar o ahumar, por si en el invierno las cosas venían mal dadas, así como pieles para abrigarse. Padre-Cromagnon decidió, por ello, dar una batida en dirección sur hasta las proximidades de la Gran Roca.

Según se acercaba a la gran roca Padre-Cromagnon pudo divisar una manada de uros pastando en la zona. Ni que decir tiene que cazar uros al descubierto era una misión imposible para Padre-Cromagnon. Estaba solo y tratar de enfrentarse con la única ayuda de su lanza y su cuchillo a un uro adulto era una locura; tratar de abatir a una de sus crías tampoco parecía posible porque los uros adultos no solían separarse de ellas, de forma que sólo le quedaba una opción: la trampa-foso, una vieja técnica de caza que venía usándose desde hacía miles de años.

Padre-Cromagnon observó a la manda durante días, estudió los lugares en que solían abrevar y pacer y, finalmente, decidió construir un foso en un lugar que estimó el más adecuado. Tras disimular el foso esperó pacientemente a que algún uro cayese en él.

La espera no fue larga, la fortuna parecía haberse aliado con Padre-Cromagnon y, muy poco después de haber terminado su trampa y de haberse ocultado, cayó en ella un joven ejemplar de uro que, pensaba Padre-Cromagnon, no le resultaría demasiado difícil matar con su lanza, como así fue. Tampoco tardó demasiado tiempo en desollar al uro y preparar su piel para transportarla al lugar donde le esperaba su familia, pero hasta ahí le duró la suerte a Padre-Cromagnon.

Padre-Cromagnon ya había sentido antes esa extraña presencia sin lograr confirmar sus presentimientos. Durante sus batidas por la zona en las semanas anteriores Padre-Cromagnon había tenido la sensación de ser vigilado, había incluso visto indicios de presencia animal en los lugares desde los que creyó ser observado, pero nunca, hasta hoy, había podido confirmar sus sospechas. Padre-Cromagnon temía siempre que una fiera pudiese atacarle en un descuido y vigilaba constantemente su entorno por ello; sabía que la fiera que te mata es aquella que no ves con antelación, pero, de todas las fieras que Padre-Cromagnon temía, la que más le asustaba, aquella a la que no quería ver, era a otro Cromagnon como él.

Hoy vio algo peor. A unos quinientos metros, bajo un árbol, estaba él. Bajo, de brazos cortos y musculosos y piernas tan cortas como fuertes, tenía la cabeza grande y la frente huidiza; era robusto, muy robusto, aparentaba una fuerza extraordinaria, se cubría con pieles y empuñaba una lanza con punta de piedra. Aparentemente, no le importaba ser visto.

Padre Cromagnon sufrió un ataque de pánico: que aquella especie de hombre se dejase ver así no presagiaba nada bueno y colocó a padre Cromagnon ante un feo dilema: O bien otros de su tribu estaban escondidos esperando la ocasión de tomarle por sorpresa o bien ése monstruo estaba decidido a atacarle confiando en su fortaleza. Un enfrentamiento abierto no era una opción aceptable para Padre-Cromagnon por lo que, apresuradamente, recogió la piel y unos trozos de carne que ya había cortado del uro y se alejó de la trampa internándose en un bosque cercano.

Una vez se sintió seguro, Padre-Cromagnon volvió hacia el lugar donde estaba la trampa para observar a aquel monstruo de nuevo, necesitaba saber si era una amenaza para su familia, necesitaba saber si de verdad era tan fuerte como aparentaba y, sobre todo, si era hostil. Lo cierto era que aquello, fuese lo que fuese, no le había perseguido y ahora era el turno de él para observar. Tenía que averiguar quien era aquella especie de hombre y qué intenciones tenía.

Desde el linde del bosque Padre-Cromagnon pudo observar con seguridad como Hombre-Neanderthal cortaba con su hacha musteriense trozos de carne del uro muerto y como cargaba a su espalda una inverosímil cantidad de la misma que luego se llevó caminando hacia la Gran Roca. Padre-Cromagnon no vio a nadie más y estaba seguro de que, ciertamente, allí no había nadie más. Hombre-Neanderthal, necesariamente, estaba solo y sin ayuda, pensó Padre-Cromagnon, pues, de otro modo, no habría dejado allí aquellos pocos kilos de carne ni aquellos huesos que no había podido cargar sobre sus fuertes espaldas. De haber estado acompañado se habrían llevado el uro entero y no lo habrían dejado a merced de las alimañas. Padre Cromagnon llegó a la conclusión de que hombre Neanderthal era el único espécimen adulto de su familia y que esta viviría probablemente en alguna caverna de la Gran Roca pues hacia aquel lugar se marchó caminando.

Una vez vio marcharse a Hombre-Neanderthal, Padre Cromagnon recogió lo poco que éste había dejado y se marchó hacia el lugar donde había dejado a su familia.

Cuando encontró a Madre-Cromagnon y a las crías, Padre Cromagnon les contó su encuentro. Padre Cromagnon y Madre Cromagnon trabajaban en equipo y sabían que, de no hacerlo así, ni ellos ni sus crías sobrevivirían y ahora la presencia de éste extraño les llenaba de inquietud y por eso, ambos, trataron de decidir qué debían hacer. Ambos concluyeron rápidamente que no tenían datos suficientes para tomar una decisión: Desconocían si el extraño sería hostil para con ellos y si trataría de expulsarles de la zona por la fuerza; desconocían absolutamente cuales eran sus intenciones, pero, lo que sí sabían muy bien es que Neanderthal, ése día, les había dejado sin una carne que les podía ser muy necesaria en el futuro.

Padre-Cromagnon y Madre Cromagnon no estaban dispuestos a volver al norte de donde venían y decidieron que, lo más sensato, sería tomar todo tipo de precauciones frente a Hombre-Neanderthal y observarle hasta decidir cual era la estrategia más apropiada frente a él.

Padre Cromagnon continuó con sus actividades de caza en los días sucesivos, volviendo alguna vez por la zona en que había cavado la fosa el día que conoció a Neanderthal, pero no le vio. Los uros tienen extraños instintos, uno de los cuales es el de reconocer y evitar los lugares donde se ha vertido la sangre de otro uro, de forma que padre Cromagnon sabía que la trampa no le sería útil nuevamente hasta que pasase bastante tiempo. Fue eso lo que le decidió a buscar nuevamente un buen lugar para establecer otra trampa, pero, cuando había creído encontrar el lugar, su sorpresa fue mayúscula al observar que Hombre-Neanderthal ya había estado allí el día anterior, había construido una trampa, había cazado a otro uro y ahora, en el foso, sólo quedaban unos huesos roídos por las alimañas. Hombre-Neanderthal tampoco había podido llevarse todos los restos del uro y Padre-Cromagnon aprovechó para llevarse algún hueso con que fabricar punzones y otros instrumentos.

Pasaron varias semanas sin que Padre-Cromagnon y Hombre-Neanderthal volviesen a verse, el invierno estaba encima y la caza esos días ya no se estaba dando tan bien como los últimos días del verano. Los uros no caían en las trampas, los frutos silvestres comenzaban a escasear, y la familia Cromagnon aún necesitaba pieles y víveres para el invierno. Por eso, aquella mañana de final de otoño en que un pequeño uro cayó en la fosa de Padre-Cromagnon, éste decidió que si aparecía Hombre-Neanderthal no abandonaría el lugar y le dejaría la presa para él; esta vez él y su familia se comerían el uro y Neanderthal los restos. Pero Neanderthal no pensaba así.

Cuando Neanderthal vio que Cromagnon había cazado el uro se acercó rápidamente a la zona dispuesto a cobrar la pieza pero, esta vez, Cromagnon no estaba por la tarea.

Padre Cromagnon no era un insensato, no iba a enfrentarse mano a mano a Hombre Neanderthal, pero disponía de una honda y, si Hombre Neanderthal se acercaba a menos de 100 metros de la trampa, Padre-Cromagnon estaba dispuesto a exhibir su puntería. Hombre Neanderthal debía de estar igual de falto de comida en esas fechas que Padre Cromagnon porque, cuando vio que Padre-Cromagnon no huía, empuñó su lanza y avanzó hacia la trampa tratando de ahuyentarle otra vez. Esta vez Padre Cromagnon no huyó, llevaba una buena provisión de cantos rodados en su zurrón y era bueno con la honda, así que, cada vez que Hombre Neanderthal trataba de rebasar una línea imaginaria que Padre Cromagnon había trazado a su alrededor, éste le enviaba un recado de casi un cuarto de kilo de peso a más de 100 kilómetros por hora de velocidad. Hombre Neanderthal trató varias veces de rebasar aquel límite pero las pedradas bien dirigidas de Padre Cromagnon pronto le convencieron de que acercarse a él no era una tarea sencilla. Hombre Neanderthal esperó en el límite que había fijado Padre Cromagnon con su honda y esperó… y cuando Hombre Neanderthal llevaba varias horas esperando Padre Cromagnon comprendió que su situación no era mucho mejor que otras veces: Para desollar y descuartizar al uro necesitaba ambas manos y entonces no podría manejar la honda, la noche se echaba encima y… finalmente Padre Cromagnon volvió a tomar un poco de carne y se marchó dejando la práctica totalidad del uro a Hombre Neanderthal.

La cosa había llegado demasiado lejos esta vez pensó Padre Cromagnon, había que darle una salida al asunto y, ya que ahora sabía que Neanderthal temía a su honda, debatió con Madre Cromagnon lo que sería más conveniente y fijaron una estrategia. Padre Cromagnon ya no cavaría fosas, esa tarea le correspondería a Hombre Neanderthal y, ahora, Padre Cromagnon sería quien vigilaría a Hombre Neanderthal. Por eso, aquella mañana de mediados de diciembre en que Hombre Neanderthal andaba cavando una trampa, Padre Cromagnon se dejó ver a distancia prudencial. Tras construir la trampa Hombre Neanderthal se ocultó para no espantar a los uros pero Padre Cromagnon siguió bien a la vista. Hombre Neanderthal no entendió al principio a qué se debía aquella conducta pero, cuando vio que Padre Cromagnon espantaba a los uros, no tuvo más remedio que salir para tratar de que Padre Cromagnon se fuese. Esta vez Padre Cromagnon estaba, sin embargo, preparado. Un buen par de cantazos convencieron pronto a Hombre Neanderthal de que, esa mañana, Padre Cromagnon no iba a cazar sino que iba a espantarle a él la caza. Padre Cromagnon le explicó así, con la honda, a Hombre Neanderthal que él también podía dejarle sin caza y que esa situación, no era buena para ninguno de los dos.

El final de esta historia difiere según los diversos relatos que hay de ella. No se sabe bien que fue de Hombre Neanderthal, pues nadie salvo Padre Cromagnon logró verle nunca, en cambio sí se sabe que éste tuvo una descendencia abundante y que, durante generaciones, la historia de Padre-Cromagnon y el monstruo pasó de abuelos a nietos contada por los viejos de la tribu a la luz del fuego. Yo conozco varios finales para esta historia.

Uno de ellos cuenta como Padre Cromagnon, tras dejar sin caza varios días a Hombre Neanderthal, una mañana guardó su honda y le dejó cazar. Lo curioso es que ése día, milagrosamente, Hombre Neanderthal no se llevó toda la carne sino que dejó la mitad del uro en la fosa y, a partir de ahí, Hombre Neanderthal y Padre Cromagnon siempre compartieron la comida por mitades.

Otro de los finales cuenta que Hombre Neanderthal y Padre Cromagnon finalmente se hicieron amigos y, cazando juntos, lograron hacerse con una gran cantidad de animales, pieles y huesos. Todavía hoy, en algunos dibujos, los niños de la tribu suelen representar a Padre Cromagnon cazando al lado de un monstruo que representa a Hombre Neanderthal.

Últimamente el final más popular es el que relata como Hombre Neanderthal, en realidad, no era un monstruo ni un hombre, sino que era una especie de espíritu de la naturaleza a quien se ha visto muchas veces en bosques y pantanos. Su misión era enseñar a los hombres a compartir y por eso, ahora, cuando algún niño de la tribu se porta mal se le amenaza con los castigos de ese espíritu, y, sobre todo, si no comparte con sus hermanos, los ancianos suelen amenazarle diciendo que el espíritu de Hombre Neanderthal bajará de la Gran Roca y vendrá con su lanza a darles un escarmiento.

Unos pocos opinan que nada hay de mágico ni misterioso en la historia y que, en realidad, compartir era la única salida en aquel caso, pero son los menos. No todos los hombres de la tribu son inteligentes ni todos entienden que compartir sea mejor que quedarse con todo el botín, por eso, los viejos, siguen amenazando con que el espíritu de el Hombre Neanderthal bajará de la Gran Roca y castigará a aquel miembro de la tribu que no comparta la caza.”

Bien, perdónenme por éste cuento mal contado, pero, si alguna moraleja tiene, es que las formas de conducta cooperativas pueden ser incorporadas al bagaje cultural de la población de muchos y diversos modos. ¿Es posible que determinadas estrategias cooperativas se incorporen también en nuestros genes?

Mucho se discute sobre ello, pero ya sea por medio de la cultura o ya sea por medio de los genes las estrategias cooperativas pasan de generación en generación y hay quien afirma que el precipitado de todas esas estrategias es nuestra concepción presente de lo justo y de lo injusto.

Permítaseme, ahora sí, concluir con otra pequeña digresión.

Parece ser que los niños de la especie humana, hasta que tienen la edad de siete u ocho años no son capaces de entender el sentido de compartir las cosas. Se aferran a sus juguetes y no porque sean egoístas, sino porque no saben ser de otro modo. Es curioso observar como los padres usan de todas las estrategias posibles para convencer a los menores de que compartan sus juguetes, desde la mera admonición al castigo más severo, sin que parezcan tener éxito en dicha tarea hasta llegados los siete u ocho años.

Richard Dawkins, en su artículo “Para qué sirven las religiones”, sugiere que las religiones podrían ser una especie de mala consecuencia de una característica específica de los niños humanos. Dice así Dawkins:

“Mi hipótesis específica tiene que ver con los niños. Más que otras especies, sobrevivimos debido a la experiencia acumulada de las generaciones previas. Teóricamente, los niños deben aprender de la experiencia para no nadar en aguas infestadas de cocodrilos. Pero para decir lo menos, habrá una ventaja selectiva en los cerebros de los niños con la regla: Crea lo que sus mayores le digan. Obedezca a sus padres, obedezca a los ancianos de la tribu, especialmente cuando adopten un tono solemne. Obedezca sin preguntar.

(…)

Si he hecho mi trabajo bien, usted ya habrá completado el argumento acerca del cerebro de los niños y la religión. La selección natural construye los cerebros de los niños con una tendencia a creer lo que sus padres y ancianos de la tribu les digan. Y esta cualidad los hace automáticamente vulnerables a la infección. Por excelentes razones de supervivencia, los cerebros de los niños necesitan confiar en sus padres y en los ancianos a los cuales sus padres les dijeron que debían confiar. Una consecuencia automática es que “el que confía” no tiene forma de distinguir entre un buen consejo y uno malo. El niño no puede decir que “Si nada en el río será alimento de los cocodrilos” es un buen consejo pero que “El que no arriesga un huevo no tiene un pollo” es un mal consejo. Estos suenan igual. Ambos consejos vienen de fuentes confiables y están dichos con una seriedad solemne que exige respeto y requiere obediencia.”

No seré yo quien contradiga a Dawkins, pero, de momento, me quedo con la imagen del anciano de la tribu narrando a los niños, junto al fuego, las historias de Padre Cromagnon y del Espíritu de la Gran Roca que nos enseñó a compartir.

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