Richard Dawkins en su libro “El Gen Egoista“, (Salvat Editores, S.A., Barcelona, 1993) plantea a menudo interesantes juegos destinados a explicar cómo el altruismo puede emerger en ambientes absolutamente ajenos al mismo, cuestión esta de la que nos hemos ocupado en otros post de éste blog. Entre estos juegos me resulta particularmente sugerente el que se contiene en la página 210 y siguientes de la edición reseñada y que, por no contar yo lo que él cuenta mejor, dice así:

Supongamos que una especie de pájaro es infestada con parásitos de una especie particularmente desagradable de ácaros transmisores de una peligrosa enfermedad. Es muy importante eliminar a estos ácaros lo antes posible. Normalmente un pájaro puede desprender y eliminar a sus propios ácaros cuando limpia y compone sus plumas. Sin embargo, hay un lugar —la parte alta de su cabeza— que no puede alcanzar con su propio pico.

A cualquier ser humano se le ocurre rápidamente la solución al problema.  Un individuo puede no ser capaz de alcanzar su propia cabeza, pero nada es más fácil que hallar un amigo que lo haga por él. Más tarde, cuando el amigo se vea infestado de parásitos, se puede retornar el favor. El aseo mutuo es, de hecho, muy común tanto en las aves como en los mamíferos.
Intuitivamente, esto tiene sentido. Cualquiera que posea cierta previsión consciente se dará cuenta de que es prudente acceder al arreglo de ayuda mutua. Pero hemos aprendido a desconfiar de lo que parece ser, intuitivamente, prudente. Para el gen no existe la previsión. ¿Puede contarse con la teoría del gen egoísta para este tipo de ayuda mutua, o «altruismo recíproco», cuando existe una dilación entre la buena acción y su retribución? Williams abordó brevemente el problema en su libro publicado en 1966, al cual ya me he referido. Llegó a la conclusión, al igual que Darwin, de que el altruismo recíproco retardado puede evolucionar en aquellas especies capaces de reconocer y recordar a cada miembro como individuo. Trivers, en 1971, desarrolló más el tema. Cuando escribió, pudo disponer del concepto de Maynard Smith sobre la estrategia evolutivamente estable. De haber podido, pienso que lo hubiese utilizado ya que sirve para expresar, de una forma natural, sus ideas. Su referencia al «dilema del prisionero» —un acertijo favorito en la técnica de aplicación de la ley de probabilidades— nos demuestra que su pensamiento ya seguía estas pautas.
Supongamos que B tiene un parásito en la parte alta de su cabeza.  A lo ayuda a deshacerse de él. Más tarde, se presenta la situación en que A tiene un parásito en su coronilla. Naturalmente, busca a B con el fin de que éste le retribuya su buena acción anterior. B simplemente lo desprecia y se aleja. B es un tramposo, un individuo que acepta el beneficio derivado del altruismo de otro ser, pero que no devuelve el favor, o si lo hace, es de forma insuficiente. A los tramposos les va mejor que a los altruistas indiscriminados, ya que obtienen beneficios sin pagar su costo. Con seguridad, el costo de asear la cabeza de otro individuo parece pequeño comparado con el beneficio de que le hayan eliminado un parásito peligroso, pero, de todas formas, no es insignificante: Hay que emplear cierta energía y tiempo, siempre valiosos.

Asumamos que la población consiste en individuos que adoptan una de las dos estrategias. Al igual que en el análisis de Maynard Smith, no nos estamos refiriendo a estrategias conscientes sino a programas de comportamiento inconsciente establecidos por los genes. Identifiquemos a las dos estrategias como la de los Incautos y la de los Tramposos. Los incautos asearán a cualquiera que lo necesite, de manera indiscriminada. Los tramposos aceptarán el altruismo practicado por los incautos, pero no asearán a
nadie, ni siquiera a aquellos que le ayudaron previamente a eliminar el parásito. Como en el caso de los halcones y las palomas asignaremos, arbitrariamente, puntos como recompensa o castigo. No importa cuáles sean los valores exactos siempre que el beneficio por haber sido aseado exceda el costo del aseo. Si la incidencia de parásitos es alta, cualquier individuo incauto en una población de incautos puede contar con ser aseado tan a menudo como él haga tal labor. El resultado promedio para un incauto entre incautos es, por lo tanto, positivo. En realidad, a todos les va bastante bien y el término incauto parece inapropiado. Pero supongamos ahora que surge un tramposo en la población. Siendo el único con tal característica, puede contar con ser aseado por todos los demás, pero no pagará nada a cambio. Su resultado promedio es mejor que el promedio de un incauto. Por consiguiente, los genes para los tramposos empezarán a expandirse a través de la población. Pronto los genes para los incautos se extinguirán. Ello se debe a que, cualquiera que sea la proporción en la población, los tramposos siempre se las arreglarán mejor que los incautos. Consideremos, por ejemplo, el caso cuando la población consista en un 50% de incautos y un 50% de tramposos. El resultado promedio para los incautos y los tramposos será menor que el de cualquier individuo en una población de ciento por ciento de incautos. Pero, aun así, los tramposos obtendrán un resultado más alto que los incautos, ya que ellos obtendrán todos los beneficios —los que sean— y no pagarán nada en cambio. Cuando la proporción de los tramposos alcance un 90%, el resultado promedio para todos los individuos será muy bajo: muchos de ellos, de ambos tipos, pueden estar muñéndose por la infección transmitida por los parásitos. Pero todavía a los tramposos les irá mejor que a los incautos. Aun si toda la población tiende a la extinción, no se presentará el momento en que a los incautos les vaya mejor que a los tramposos. Por consiguiente, siempre que consideremos estas dos estrategias, nada podrá impedir la extinción de los incautos y, muy probablemente, también la extinción de toda la población.
Supongamos ahora que se plantea una tercera estrategia denominada de los «rencorosos». Los rencorosos asearán a extraños y a individuos quienes con anterioridad los hubiesen aseado a ellos. Sin embargo, si cualquier individuo los engaña, recordarán el incidente y le guardarán rencor: rehusarán asear a tal individuo en el futuro. En una población de rencorosos e incautos es imposible diferenciar a unos de otros. Ambos tipos se comportan de manera altruista hacia los demás y ambos obtienen un resultado promedio alto y parejo. En una población que consistiera en su mayoría en tramposos, un solo rencoroso no tendría mucho éxito. Gastaría considerable energía aseando a la mayoría de los individuos que encontrase, pues tardaría tiempo en acumular rencor contra todos ellos. Por otra parte, nadie lo asearía a él. Si los rencorosos se encuentran en escaso número comparado con los tramposos, el gen de los rencorosos se extinguirá. Una vez que los rencorosos lograran aumentar su número hasta constituir una proporción importante, sin embargo, sus posibilidades de encontrarse unos a otros llegarían a ser bastante grandes para compensar el esfuerzo perdido en asear a los tramposos. Cuando se lograse esta proporción decisiva empezarían a obtener, como promedio, un resultado más alto que los tramposos y estos últimos se verían empujados, a un ritmo acelerado, hacia su extinción. Cuando los tramposos estuvieran prácticamente extintos, su índice de disminución se volvería más lento, y podrían sobrevivir como una minoría durante bastante tiempo. Ello se debe a que un tramposo, en tal situación, tendría sólo una pequeña probabilidad de encontrarse con el mismo rencoroso dos veces: por lo tanto, en la población, la proporción de individuos que guardasen rencor contra un determinado tramposo sería muy pequeña.

He contado la historia de estas estrategias como si fuese intuitivamente obvio lo que sucedería. En realidad no todo es tan obvio y tomé la precaución de simularlo en una computadora con el fin de asegurarme de que la intuición era correcta. La estrategia de los rencorosos, en efecto resultó ser evolutivamente estable en oposición a las de los incautos y los tramposos, en el sentido de que una población consistente en su mayoría en rencorosos, no se verá invadida por tramposos ni por incautos. Sin embargo, la de los tramposos también es una estrategia evolutivamente estable ya que una población que consista en una gran mayoría de tramposos no se verá invadida por rencorosos ni por incautos. Una población podría asentarse en cualquiera de estas dos EEE. A largo plazo
podrá cambiar de una a la otra. Dependiendo de los valores exactos de las retribuciones —las suposiciones en la simulación son, por supuesto, completamente arbitrarias— uno u otro de los dos estados estables ejercerá una mayor «zona de atracción» y tendrá más posibilidades de triunfar. Adviértase, de paso, que a pesar de que la población de tramposos es más probable que se extinga que una población de rencorosos, ello no afecta a su posición como estrategia evolutivamente estable. Si una población alcanza una EEE que la lleva a su extinción, en efecto se extingue, y es una verdadera lástima.
Es muy curioso observar en una computadora una simulación que empieza con una fuerte mayoría de incautos, una minoría de rencorosos que se encuentra justo sobre la frecuencia crítica, y una minoría integrada más o menos por el mismo número de tramposos. Lo primero que ocurre es un dramático quebranto de la población de incautos, al ser explotados por los despiadados tramposos. Los tramposos gozan una considerable explosión demográfica, que alcanza su máximo cuando el último de los incautos perece. Pero los tramposos aún deben tener en cuenta a los rencorosos. Durante el precipitado declive de los incautos, los rencorosos han ido decreciendo en número, sufriendo el embate de los prósperos tramposos, pero arreglándoselas para mantenerse firmes. Cuando ha desaparecido el último incauto y los tramposos ya no pueden lograr tan fácilmente su egoísta explotación, los rencorosos empiezan a aumentar lentamente a costa de los tramposos. Con firmeza su población empieza a cobrar auge. Su ritmo de incremento se acelera, la población de tramposos se desmorona hasta casi extinguirse, y luego se nivela, ya que goza del privilegio de su rareza y de la relativa libertad respecto a los rencorosos que dicha situación entraña. Sin embargo, lenta e inexorablemente los tramposos son eliminados y los rencorosos reinan como únicos integrantes de la población. Paradójicamente, al principio de la historia la presencia de los incautos, en realidad, puso en peligro a los rencorosos, ya que ellos fueron los responsables de la temporal prosperidad de los tramposos.

Dicho sea de paso, mi ejemplo hipotético sobre los peligros de no verse aseado por parte de otro es bastante verosímil. Los ratones que se mantienen aislados tienden a desarrollar llagas desagradables en aquellas partes de sus cabezas que quedan fuera de su alcance. En un estudio realizado, los ratones que se mantuvieron en grupos no sufrieron este perjuicio debido a que se lamían las cabezas unos a otros. Sería interesante comprobar la teoría del altruismo recíproco de forma experimental, y parece que los ratones podrían ser sujetos apropiados para tal trabajo.

Conviene tener en cuenta que, para poder llevar a cabo una estrategia del tipo “rencoroso”, es preciso, como ya señaló Darwin, que las  especies sean capaces de reconocer y recordar a cada miembro como individuo.  Como señala Dawkins en el ser humano está bien desarrollada la memoria y la capacidad de reconocimiento de los individuos y, por lo tanto, podemos esperar, por consiguiente, que el altruismo recíproco haya jugado un papel importante en la evolución humana.

Robert Trivers llega hasta el extremo de sugerir que muchas de nuestras características psicológicas tales como la envidia, sentimiento de culpa, gratitud, simpatía, etc., han sido planeadas por la selección natural como habilidades perfeccionadas de engañar, de detectar engaños y de evitar que otra gente piense que uno es un tramposo. De especial interés son los «engañosos sutiles» que parecen estar pagando un favor recibido pero que,
sin cejar, devuelven levemente menos de lo que reciben. Es aun posible que el abultado cerebro del hombre y su predisposición a razonar matemáticamente haya desarrollado un mecanismo de engaño más tortuoso y de una detección más penetrante del engaño cometido por otros. El dinero constituye un signo formal de altruismo recíproco retardado.

Y si, como señala Dawkins, fuera verdad que el dinero tuviese el carácter de medidor del altruismo, no cabe duda de que el reparto del mismo indicaría el nivel de altruismo de cada uno de los miembros de la especie.

Una primera cuestión nos llama la atención y es que el número de ricos es mucho mayor que el número de pobres lo que sugiere una correlación entre ricos y pobres similar a la correlación existente entre “rencorosos e incautos” en el ejemplo de los pájaros de Dawkins.

Podría objetarse que los veraderos tramposos en las sociedades humanas son quienes han violado la ley y están en prisión, lo cual tambien se corresponde con la correlación antedicha (pocos presos -tramposos- muchos hombres libres -honestos-) sin embargo, lo cierto es que los tramposos en prisión no son relevantes ya que ellos representan la estrategia tramposa descubierta, castigada y privada por los rencorosos de los beneficios que la conducta tramposa otorga.

La estrategia que recibe más solidaridad de la que da (si el dinero es un medidor de la solidaridad) es la estrategia del pequeño grupo de los ricos que, recibiendo más altruismo del que dan, son capaces de vivir en el seno de la especie exitosamente.

Sin embargo, como repite muy a menudo Pablo Rodríguez Palenzuela, correlación no implica causalidad. No obstante, hay que reconocer que algunas veces existe una relación causal entre dos variables correlacionadas, por lo que el identificar estos casos no deja de tener interés, siempre que se mantenga la debida cautela. Podríamos decir que las correlaciones son potencialmente interesantes.

En el caso de pobres y ricos podemos encontrar incluso sofisticadas estrategias por parte de los “ricos” destinadas a dificultar o impedir a los “pobres” reconocerles y recordarles como individuos. La creación de sociedades o personas jurídicas donde la identidad de los verdaderos propietarios se diluye dificultando la identificación o el frecuente cambio de nombre e identidad de personas jurídicas y sociedades -que son realmente propiedad de las mismas personas- para dificultar el recuerdo; dificultar la identificación y el recuerdo son estratagemas que encajan muy bien dentro de lo que sería la estrategia ideal del tramposo, máxime si las implementamos en una construcción jurídica, las sociedades mercantiles, que, por definición, no pueden tener comportamientos altruistas.  De hecho el pobre (honesto-ingenuo-rencoroso) tiene grandísimas dificultades cuando el banco le engaña con su hipoteca para identificar al verdadero culpable del engaño; en realidad, en la mayoría de los casos, no sabe con quien enfadarse o sobre quien descargar su ira, pues los ojos y las manos del banco, en el fondo, son los de un empleado que es otro pobre honesto, ingenuo o rencoroso como él pero jamás tramposo.

Naturalmente las estrategias no tienen por qué ser puras (uno puede ser honesto nueve de cada diez veces y en la décima comportarse como un tramposo) pero merece la pena reflexionar sobre las sutiles y sofisticadas estrategias utilizadas por los hombres para enriquecerse.

El título de éste post quiza sea un sofisma o una boutade, pero merece la pena pasar unas horas charlando al respecto.

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2 comentarios en “Los pobres son honestos y los ricos son tramposos

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