Suscribo en general las afirmaciones que el prestigioso primatólogo Frans de Waal efectua respecto de la evolución de la moralidad en su libro “Primates and Philosophers” (Princeton University, 2006). Las teorías de Hobbes, Rousseau y Rawls que han fatigado nuestros estudios de derecho natural y filosofía del derecho siempre me han resultado tan míticas y poco científicas como la entrega del decálogo por Dios en el Sinaí. No logro alcanzar a entender cómo se ha podido anclar tan fuertemente en nuestras conciencias la creencia de que nuestra maldad y egoísmo son herencia de nuestros antepasados “salvajes” mientras que la bondad y altruismo son por el contrario rasgos exclusivamente “humanos”. Es hora de resolver un falso dilema: Los hombres no son buenos o malos por naturaleza, los hombres, por naturaleza, simplemente son como son y ha sido esa misma naturaleza la que ha hecho evolucionar nuestras estrategias (altruismo y egoímo incluidos) puliéndolas y adaptándolas hasta el punto en que podemos encontrarlas de forma innata en éste momento en los ejemplares de la especie humana.

No seré yo quien corrija las muy acertadas percepciones de Frans de Waal, me limitaré en éste post a traducir y adaptar del inglés algunas pequeñas citas de sus formulaciones al respecto, advirtiendo de que, si algún error se encuentra en ellas, debe atribuírsele al traductor (traduttore traditore).

Homo homini lupus, que el hombre es un lobo para el hombre, es un antiguo proverbio romano popularizado por Thomas Hobbes. Incluso aunque la esencia de este aforismo haya penetrado en grandes áreas de las ciencias económicas, políticas y jurídicas, el proverbio en cuestión presenta dos graves fallas. La primera es que no hace justicia a los cánidos, animales que se cuentan entre los más gregarios y cooperativos del planeta (Schleit and Shalter 2003). La segunda, incluso peor que la primera, es que el aforismo niega la naturaleza inherentemente social de nuestra especie.

La teoría del contrato social -y la civilización occidental con él- parecen estar saturadas por el prejuicio de que somos criaturas asociales, incluso malvadas, más bien que ése zoon politikon que Aristóteles vio en nosotros. Hobbes, explícitamente, rechaza el punto de vista aristotélico al afirmar que nuestros antepasados fueron en un principio seres autonomos y hostiles y que sólamente constituyeron comunidades cuando los costes de dicha hostilidad se hicieron inasumibles. De acuerdo con Hobbes, la vida social para los humanos no apareció naturalmente. El consideró que la transición a la vida social fue un paso que el hombre dió a regañadientes y “sólo por conveniencia, lo que significa que es artifical” (Hobbes 1991 [1651]; 120). Más recientemente Rawls (1972) propuso una visión más suavizada del mismo punto de vista, añadiendo que la transición del hombre hacia la sociabilidad pivotaba sobre condiciones de equidad, esto es, sobre proyectos de una cooperación entre iguales mutuamente beneficiosa para todos.

Estas ideas a propósito de los orígenes de una sociedad bien ordenada siguen siendo populares hoy día, incluso aunque bajo ellas subyace una idea absolutaente indefendible a la luz de lo que hoy sabemos sobre la evolución de nuestra especie: la idea de una decisión racionalmente tomada por criaturas inherentemente asociales. Hobbes y Rawls crearon la ilusión de que la sociedad es un acuerdo voluntario con reglas autoimpuestas y fundadas sobre el acuerdo de agentes libres e iguales. Sin embargo la verdad es que nunca existió ése momento mítico a partir del cual los humanos nos convertimos en seres sociales: Descendemos de antepasados altamente socializados -una larga estirpe de monos y simios- y hemos estado viviendo en grupos desde la noche de los tiempos. La realidad es también que nunca existieron esos agentes “libres e iguales”. Los humanos siempre fuimos desde el principio -si es que es posible señalar con precisión un principio- interdependientes, interconectados y desiguales. Provenimos de un antiguo linaje de animales jerárquicos para los que la vida en grupo no era una opción sino una estrategia de supervivencia. Cualquier zoólogo clasificaría nuestra especie entre las necesariamente gregarias.

Tener compañeros ofrece inmensas ventajas para localizar comida y evitar a los depredadores (Wrangham 1980; van Schaik 1983). En la medida en que los individuos con inclinaciones sociales dejaban mucha mayor descendencia que aquellos menos orientados a la sociabilidad (Silk et al. 2003) la sociabilidad se imbricó cada vez más profundamente la biología y psicología de los primates. Si existió alguna vez una decisión para constituir sociedades el mérito de dicha decisión le corresponde más a la Madre Naturaleza que a nosotros mismos.

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