¡Oh envidia, raíz de infinitos males y carcoma de las virtudes! Todos los vicios, Sancho, traen un no sé qué de deleite consigo; pero el de la envidia, no trae sino disgustos, rencores y rabias.
(Miguel de Cervantes. El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Segunda parte. Capítulo VIII “Donde se cuenta lo que le sucedió a don Quijote yendo á ver á su señora Dulcinea del Toboso”)

envidia.
(Del lat. invidĭa).
1. f. Tristeza o pesar del bien ajeno.
2. f. Emulación, deseo de algo que no se posee.
(Real Academia Española. DICCIONARIO DE LA LENGUA ESPAÑOLA – Vigésima segunda edición)

Ningún sentimiento tiene, probablemente, peor prensa que la envidia; tan es así que el papa San Gregorio Magno (*ca. 540 en Roma – †12 de marzo de 604) incluyó a la envidia entre los denominados “pecados capitales”, expresión que, por cierto, no se refiere a la magnitud del pecado sino a que el mismo da origen a muchos otros pecados. Sin embargo, no quiero tratar aquí la envidia desde un punto de vista moral o religioso, sino desde un punto de vista, digamos, más naturalista, tratando de entender las razones por las cuales esta tristeza o pesar del bien ajeno es universalmente censurada por todas las culturas.

Resulta llamativa la universal censura de la envidia porque, en principio, nada podría parecer más natural ni más concorde con la naturaleza humana que desear bienes o capacidades que no se tienen (se ha hablado en este punto incluso de “envidia sana”) y no parece que podamos dudar del hecho de que, si el ser humano adquiere nuevos bienes o capacidades, es porque antes los ha deseado. Y si esto es así, como lo es, ¿qué podría haber de malo en este deseo?.

Tal planteamiento individualista ha llevado a los hombres a caracterizar cuidadosamente este deseo de los bienes ajenos para distiguir la envidia-vicio de la envidia-virtud y, en éste sentido, se ha conceptuado la envidia-vicio como aquella que produce “tristeza” o aquella que nos lleva a desear el mal de la persona envidiada y la envidia-virtud aquella que tan solo nos empuja a esforzarnos por adquirir aquellos bienes o cualidades a los que es lícito aspirar sin que ello implique el deseo de privar de los mismos a sus actuales poseedores ni desearles a los mismos mal alguno.

Esta caracterización de la envidia es producto, en mi sentir, de una comprensión parcial de la naturaleza humana pues contempla únicamente al hombre como individuo aislado y no como el animal gregario que es en realidad.

Tengo para mí que es imposible comprender al ser humano si no asumimos que en el mismo hay una mezcla inextricable de instintos individualistas y gregarios. El hombre pertenece a un antiquísimo linaje -los hominidos– que, desde hace unos 6 millones de años, han sido animales gregarios y, durante esos 6 millones de años, sus instintos han evolucionado de modo que, junto a los naturales instintos reproductivos y de conservación propios de cada indivíduo, coexisten de forma inextricable los instintos propios de los animales gregarios. Observar los unos olvidando los otros nos conduce casi siempre a observaciones erróneas. La observación de conjunto es, pues, en este punto, fundamental.

Los animales gregarios son animales que cooperan y la cooperación, como ya hemos visto en otros post de este blog, se funda en la existencia de conductas altruistas (o aparentemente altruistas) que reportan a los indivíduos que las practican ventajas evolutivas. Como ya hemos visto también en otros post de este blog la aparición de conductas altruistas es algo pefectamente natural y que se explica convincentemente a través de la teoría de juegos.

Es por eso imprescindible volver a referirnos en este punto a los trabajos de Robert Axelrod y, en particular, a su libro “The evolution of Cooperation” resultando, para mí, especialmente sugerente en este punto el capítulo 7 del mismo, titulado “cómo elegir eficazmente”.

La vida en sociedad no puede ser considerada bajo ningún concepto como un “juego de suma cero” donde lo que uno gana otro lo pierde. La vida en sociedad no puede ser entendida como un partido de tenis donde, si un jugador gana, el otro es derrotado. La vida en sociedad es, la mayor parte de las veces, un juego en el que todos los jugadores ganan aunque no siempre ganen lo mismo. La sociedad es más bien un equipo de ciclismo donde todos cooperan para ganar la competición aunque, al final de la jornada, el líder del equipo gana bastante más que el último de sus gregarios.

La envidia es un factor que dificulta y a veces incluso destruye la cooperación. Cuando el indivíduo olvida los beneficios que le reporta la cooperación y observa tan sólo que otros ganan más que él y, precisamente, gracias a que él coopera, se siente frustrado y aparece en él la tentación de dejar de cooperar o incluso de actuar en contra de los individuos que obtienen mayores beneficios. Cuando estas actitudes aparecen la cooperación se debilita y los logros comunes son puestos en peligro.

Los hombres tenemos tendencia a comparar nuestros éxitos con los éxitos de los demás y, muy a menudo, esta comparación nos lleva a olvidar que nuestros éxitos son éxitos también. Comparar nuestros logros con los logros de los demás es una pésima forma de medir nuestro rendimiento y valía, de hecho tal forma de medir nuestro rendimiento y valía nos conducirá, casi con toda seguridad, a comportamientos autodestructivos; es decir, a la envidia. La única comparación sensata para medir nuestro rendimiento es aquella que toma en cuenta lo que los demás podrían haber logrado si hubiesen estado en nuestra situación y enfrentados a los mismos jugadores y en las mismas circunstancias.

Una vez se instala en nosotros el germen de la envidia la cooperación se resiente y llegamos a poner en riesgo los éxitos de todos, incluido el nuestro.El envidioso no sólo no es un buen cooperante sino que pone en peligro la cooperación en su conjunto, por eso la etiqueta de “envidioso” es sistemáticamente rechazada por todos los miembros de la sociedad y nadie acepta ser catalogado como tal, nadie querría cooperar con un envidioso y nosotros, animales gregarios, no podemos ni queremos sobrevivir aislados.

Así pues el homínido-hombre no sólo tiene instintos egoistas, sino también altruistas y, entre sus estrategias más refinadas, está la de reconocer y evitar al envidioso. No es de extrañar, pues, que de forma  universal y constante, las civilizaciones hayan impulsado a sus miembros a evitar caer en la envidia.

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