España y el déficit de vergüenza

España y el déficit de vergüenza

 

Darwin se quedaría estupefacto si contemplase a la clase política española.

Ninguna emoción producía más intriga a Darwin que la de la vergüenza y los cambios físicos asociados a la expresión de esta emoción. Le sorprendía que el ser humano manifestase instintivamente su vergüenza, por ejemplo, ruborizándose; veía en esta reacción panhumana una amenaza para su teoría de la evolución pues ¿qué ventaja evolutiva puede aportar al ser humano el evidenciar ante el resto de la comunidad que ha obrado mal?

De la importancia de las emociones y su relación con la inteligencia no me ocuparé ahora, sólo les encareceré la lectura del libro “The emotion machine” de Marvin Minsky.

La clase política española parece coincidir con el inicial estupor de Darwin ante la vergüenza y su aparente inutilidad, pues, bien pensado, ¿para qué habría de servirle al político el que la comunidad supiese que ha obrado y obran mal? ¿Qué ganaría con ello?

Y tienen razón quienes así piensan, es verdad que ganarían poco, pues la vergüenza no es más que una de las formas en que el ser humano autorregula sus actividades en comunidad (Ruth Benedict) ajustando sus acciones a la conducta que se espera de él. La vergüenza, pues, es verdad que quizá no sea buena para el individuo, pero es indudablemente buena para la comunidad y es por eso que nuestra clase política (no toda, seamos justos) tiene razón cuando considera la vergüenza una emoción inútil y molesta, aunque, maticemos, solo es “inútil y molesta” para “ellos”.

Afirmo a menudo que el déficit de España no es de naturaleza financiera; que en España no falta dinero, que lo que falta es vergüenza y mi convicción se reafirma cuando reviso los vídeos de las declaraciones que hicieron en su día todos esos políticos que luego fueron condenados por sus abyectas acciones. No se aprecia en ellos el más mínimo rastro de vergüenza: Sin rubor, sin bajar la cabeza, con voz firme y tonante, afirmaban su inocencia y acusaban de perfidia a quienes les mostraban las pruebas de sus delitos. Habían perdido la vergüenza.

Cuentan que al “Guerra” (el torero, no el ministro) alguien le preguntó una vez cómo era posible que a un banderillero que ambos conocían le hubieran nombrado Gobernador Civil de una provincia sureña, la respuesta del maestro la suscribiría el mismo Darwin: “Degenerando”, dicen que dijo el maestro.

Porque nuestra clase política (con sus llamativas excepciones) ha logrado involucionar (degenerar) de tal forma que ha eliminado de su equipamiento biológico la emoción de la vergüenza, un complejo entramado psicosomático que la evolución tardó millones de años en diseñar e implementar. Y no sólo eso, ha logrado contaminar el cuerpo social. Así, si alguien les señala su desvergüenza le responderán que así somos todos los españoles desde tiempo inmemorial y que cualquiera de ellos que estuviese en su lugar haría lo mismo. Tal argumento es de una eficacia inmediata, el oyente lo encaja, hace examen de conciencia y descubre que él también tiene faltas, que no es perfecto, se avergüenza y desiste de tratar de cambiar las cosas.

Ni el mismo Gandhi serviría para tratar de derrocar a esta clase política degenerada, el más perfecto de los santos admitiría que él también tiene sus culpas y cedería ante este argumento falaz sin caer en la cuenta de que él se siente culpable precisamente porque tiene lo que a la clase política le falta: Vergüenza.

Podemos pedir dinero prestado al FMI, podemos exprimir al ciudadano hasta llenar las arcas del estado, podemos tratar de que Europa nos rescate… Pero todo eso no nos salvará de nuestro principal déficit, la falta de vergüenza, porque esa divisa cotiza en un mercado de valores que estos gobernantes no conocen.

Ciertamente Darwin quedaría estupefacto. Vale.

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En el principio fue LUCA (Cap. 1)

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Me preguntan con frecuencia qué es la justicia y si creo en ella, es algo que nos pasa con frecuencia a los juristas. No suelo responder y despacho la pregunta con evasivas. No es que no quiera responder o no tenga una idea muy precisa de lo que es la justicia, lo que ocurre es que me harían falta horas, incluso días, para explicar a quien me pregunta lo que yo entiendo que es la justicia. Pero los blogs tienen una ventaja y es que nadie está obligado a leerlos, de forma que, por larga que sea la explicación, no hay problema alguno en que la escriba aquí y así lo haré.

Puede dejar de leer ahora si lo desea porque voy a comenzar la historia por el principio y este principio ocurrió hace muchos, muchos años, tantos como 2.700 millones de años, cuando la vida apareció sobre la tierra. No se asuste, vamos a despachar muchos millones de años en unas pocas líneas pero, por el momento, déjeme que le cuente que todos los seres humanos tienen un antepasado común, un ser vivo al que los científicos llaman LUCA (Last Universal Common Ancestor).

La existencia de LUCA ya fue afirmada por Darwin en su archifamosa obra “El origen de las especies”, pero sólo recientemente mediante análisis genéticos se ha confirmado su existencia con toda probabilidad.

Según los científicos LUCA fue un pequeño organismo unicelular compuesto básicamente de una membrana y un anillo de ADN flotando libremente en su interior. Puede usted, si quiere, imaginarlo como un organismo parecido a una bacteria actual aunque, por increíble que le parezca, se conocen mejor sus mecanismos internos que su aspecto externo.

Pues bien, en esta historia olvidaremos a Adán y comenzaremos por LUCA, no porque Adán no me resulte interesante sino porque, en esta explicación sobre lo que pueda ser la justicia, quiero atenerme estrictamente a la ciencia, un enfoque que trataré de mantener a lo largo de estos posts.

Una característica de LUCA es que, a diferencia de las células que suele usted ver dibujadas en los libros, carece de núcleo pues su ADN flota en su interior. Esto no es inusual: en la actualidad multitud de células carecen de núcleo, son las llamadas células procariotas y una de ellas es la que aparece (mal) dibujada en la ilustración de este post.

Y dejémoslo aquí que, de LUCA a los procariotas, ya nos hemos ventilado una buena cantidad de años. En el próximo post veremos como algunas células decidieron trabajar juntas y cambiar la historia de la vida sobre la tierra.

El mono perroflauta

El mono perroflauta

 

El hombre es un primate igualitario al que le gusta la liberté, la egalité y -dependiendo del quién, del cómo y del cuándo- a veces también la fraternité.

El hombre, como el resto de los primates, organiza sus grupos y establece jerarquías dentro de ellos pero, a diferencia de sus primos más cercanos (chimpancés y bonobos) lo hace de una forma peculiar, tan peculiar que nos ha llevado a ser la especie más evolucionada de la naturaleza pero también la especie responsable de las mayores atrocidades.

Hombres, chimpacés y bonobos comparten, genéticamente, un ancestro común del cual se separaron hace varios millones de años al que se ha llamado “Pan Prior”, “Pan Ancestral” o más anodinamente “CHLCA” (Chimpanzee-Human Last Common Ancestor). De ese “Pan Ancestral” provienen nuestros primos los chimpancés (Pan Troglodytes), los bonobos (Pan Paniscus) y nuestra propia especie, (el homo sapiens).

Las habilidades de aquel Pan Ancestral no las conocemos pero, siguiendo el principio biológico de la parsimonia, podemos inferirlas con un razonable grado de certeza si comparamos nuestra especie con las de nuestros primos primates y observamos cuales son las características que compartimos y hallamos el mínimo común denominador de ellas. Como a mí las que me interesan son las características más “jurídicas” de las tres especies me centraré en la forma en que estas especies se organizan jerárquicamente, la forma en que se producen conflictos entre los individuos que las componen y los mecanismos que cada especie usa para resolver estos conflictos cuando han surgido.

Recientemente el reputado antropólogo Christopher Boehm, ha publicado en la revista Science un interesante artículo titulado “Ancestral Hierarchy and Conflict” (DOI 10.1126/science.1219961) que trata de estos temas y al cual me referiré reiteradamente en este post.

Conforme a los estudios del antropólogo citado, las tres especies compartirían algunos rasgos sociales fácilmente identificables, particularmente si comparamos las dos especies de primates (chimpancés y bonobos) con aquellos grupos humanos cuya forma de vida es todavía la de cazadores-recolectores.

Estos rasgos comunes serían, básicamente, cinco:

1. Las tres especies viven en grupos sociales y luchan contra miembros de su misma especie.
2. Las tres especies manifiestan tendencias territoriales.
3. Junto a las relaciones interindividuales (diadicas) de dominio y sumisión que provocan estallidos de violencia entre sus miembros, aparecen en las tres especies mecanismos efectivos de pacificación y de resolución de conflictos.
4. Las tres especies son capaces de formar coaliciones para amenazar a los machos de otros grupos de su especie.
5. Dentro de sus propias comunidades las tres especies forman grupos de individuos para amenazar a otros individuos de mayor rango jerárquico en el grupo.

La observación de estas características comunes, según el autor, puede permitir establecer cuales eran las características de nuestro ancestro común y, a partir de ahí, conocer mejor el conjunto de comportamientos exclusivos del ser humano.

Por lo que respecta a las relaciones jerárquicas dentro del grupo, sin duda la del bonobo es la especie menos agresiva de las tres y los enfrentamientos entre sus miembros son, con mucho, los menos frecuentes y peligrosos. No es que no exista jerarquía en el grupo, que existe y está constatado que existen machos-alfa y hembras-alfa; pero sólo se producirán coaliciones de machos si cuentan con el apoyo de sus madres. El macho-alfa mantendrá su status en la jerarquía del grupo sólo si su madre lo apoya. Por el contrario, las coaliciones de hembras se forman rápida y fácilmente para competir contra algún macho de mayor tamaño que ellas. Es frecuente que las hembras se coaliguen para acceder a la comida antes que los machos y, eventualmente, amplias coaliciones de hembras pueden llegar a poner en serio peligro la integridad física de algún macho, a herirlo o incluso a matarlo.

Esto ha dado lugar a que entre los bonobos, a pesar de existir dimorfismo sexual, no exista un sexo dominante y el condominio sea la norma, aunque ello no significa que las relaciones jerárquicas no estén claramente presentes en el grupo.

En cuanto a los mecanismos de resolución de conflictos que utilizan usualmente los bonobos, el sexo es el más frecuente de todos, lo cual resulta para el ser humano una de las facetas más llamativas de estos primos nuestros. Según documenta el primatólogo Frans de Waal, un enfrentamiento típico entre dos grupos de bonobos, tras unas iniciales demostraciones de agresividad, suele concluir como un pic-nic hippie, con las hembras de cada grupo copulando con los machos del grupo contrario. Incidentalmente debe señalarse que el asesinato de de las crías por parte de los machos (relativamente frecuente entre otras especies de mamíferos) es virtualmente inexistente en el caso de los bonobos pues, se ha apuntado, dada la promiscuidad sexual de la especie, ningún macho está seguro de no estar matando a su propia descendencia.

La jerarquía entre los mucho más violentos chimpancés, por el contrario, es un asunto netamente masculino. Los machos compiten fuertemente por el status en el grupo y se establecen lineas jerárquicas donde la situación de las hembras es mucho más secundaria; dado que, en libertad, las hembras del chimpancé raramente forman coaliciones, es sencillo incluso para los machos de menor rango establecer sobre ellas situaciones de dominio.

La lucha por el status dentro del grupo hace que los chimpancés formen coaliciones de forma natural y, llegado el caso, una coalición amplia -que incluso puede incluir hembras- derrocará al líder incluso matándolo si es preciso. La actividad política de nuestros primos chimpancés, como vemos, es compleja y muchas veces peligrosa.

La resolución de los conflictos entre individuos es tarea del líder, quien interviene activamente para separar a los contendientes. Los indivíduos, asimismo, muestran habilidades para el perdón y la reconciliación efectiva. Es interesante resaltar que, en cautividad, las estrategias del chimpancé suelen modificarse y acercarse a las del bonobo.

Por lo que respecta a nuestra especie, las tribus de cazadores recolectores suelen estar constituidas por pequeños grupos multifamiliares donde los individuos muestran un patrón bastante igualitario. No es que no exista competencia por la comida o las hembras dentro del grupo, pero, en modo alguno se observa una jerarquía del tipo de la que se observa en los chimpancés ni parecen admitirse conductas de dominio similares a la de los machos-alfa en esa especie. La facilidad con la que en los grupos de cazadores recolectores se forman coaliciones contra el líder es una nota característica que impide el establecimiento de relaciones jerárquicas similares a las de los chimpancés.

Estas coaliciones contra el líder resultan particularmente eficaces y suelen verse fortalecidas y animadas por criterios morales, de lo que es correcto y de lo que no, de forma que la figura del macho-alfa virtualmente no existe dentro de las tribus de cazadores-recolectores.

Los conflictos interpersonales se resuelven a través de mecanismos que incorporan estos criterios morales, de lo que es correcto y de lo que no lo es, criterios morales que no han podido ser observados en chimpancés ni en bonobos y que, por el momento, parecen un rasgo exclusivamente humano.

Sin embargo, llegados a este punto y aunque sólo sea para justificar el título de este post, me gustaría centrarme en uno de los aspectos comunes a las tres especies que resulta particularmente intrigante: El hecho de que las coaliciones contra los líderes no parecen tener necesariamente su origen en la competición por la comida o por las hembras.

Hoy, mientras leo otros interesantes estudios sobre nuestros antepasados cazadores-recolectores, aprendo que la domesticación del perro fue quizá uno de los elementos decisivos que llevaron al hombre de Cro-Magnon a prevalecer y hacer desaparecer al de Neanderthal, y que, la presencia de unas aparentemente flautas labradas en hueso encontradas junto a restos de homínidos, llevan a los científicos a atribuir a estos restos conciencia humana.

Perros, flautas y recelo hacia el poder. Quizá nuestros ancestros nos estén tratando de decir algo.

Extravagancias naturales

Extravagancias naturales

¿Quien no se ha maravillado contemplando la cola de los pavos reales? Todo ese aparatoso plumaje no parece tener sentido alguno, aparentemente dificulta tanto el vuelo como el desplazamiento en el suelo, es costoso de mantener y consume no pocos recursos vitales del individuo portador. Y si todo esto es así como aparentemente lo es ¿qué sentido tiene que la naturaleza haya dotado al pavo real de semejante aparato escénico?

Una de las más curiosas explicaciones que se han dado a ese extravagante despliegue, frecuente no solo entre los pavos reales sino también entre los seres humanos y otras especies, es el llamado “principio de la desventaja” (handicap principle) enunciado en el año 1975 por el biólogo judío Amotz Zahavi. Sintéticamente el “handicap principle” afirma que la naturaleza puede dar lugar a señales fiables entre indivíduos que tienen motivaciones obvias para tratar de engañarse. El “principio de la desventaja” sugiere que una señal, para ser honesta o fiable, debe ser costosa para el individuo que emite la señal hasta el extremo de que dicha señal no podría ser emitida por otro individuo de su especie con menores capacidades generales o particulares.

En el caso del pavo real el enorme costo vital de generar y mantener tan aparatoso plumaje solo puede ser abordado por los sujetos más capaces; los indivíduos más débiles o menos capacitados no pueden permitirse el lujo de lucir plumajes como los de los indivíduos más capacitados. Así explicado resultaría que los indivíduos más capaces autolimitarían sus capacidades destinando parte de sus recursos a construir esa costosa señal que, precisamente por costosa, es fiable. Naturalmente tan curiosa conducta tendría como premio una mayor aptitud para reproducirse por parte de estos indivíduos que serían preferidos por los indivíduos del sexo contrario debido, precisamente, a que reciben una señal muy fiable de que el indivíduo que realiza tan caras señales está muy capacitado y es el preferible para aparearse.

Este principio, abiertamente rechazado en un primer momento por científicos de la talla de John Maynard Smith, se ha ido abriendo paso posteriormente gracias a que los experimentos que se han hecho en materia de teoría de juegos parecen confirmar las hipótesis de Amotz Zahavi.

Las hipótesis de Zahavi predicen que, en el caso de un ornato o signo sexual, debe ser costoso si lo que se desea es mandar un mensaje fiable y efectivo en un entorno de competencia. No sólo la cola del pavo real se ha señalado como una de estas señales costosas vinculadas al apareamiento sino que también se han señalado cantos de pájaros, los cenadores de las aves del paraíso… Pero, particularmente, a mí me interesa tratar de descubrir la operatividad de este principio en el ser humano.

Las extravagancias del pavo real o de las aves del paraíso parecen quedar en nada cuando las comparamos con aquellas de que somos capaces los seres humanos por sexo, poder o estatus. Las inversiones en joyas y gastos suntuarios, los regalos costosos, parecen ser generalmente utilizados por el ser humano a fin de satisfacer alguno de sus apetitos. No es difícil encontrar tras las innumerables extravagancias humanas motivos que no justifican en modo alguno el coste desmedido de la misma pero que señalan con toda fiabilidad y certidumbre que el indivíduo capaz de tales locuras dispone de recursos suficientes para afrontarlas, y a veces no sólo de recursos económicos pues las extravagancias no sólo son económicas.

No sé que puede significar esto para mi búsqueda de la justicia humana, pero lo dejo aquí, quizá en algún momento pueda unir los puntos y salga el dibujo.

La maldita tercera persona del plural

La maldita tercera persona del plural

Cuando escribo sobre los aspectos innatamente altruistas y morales del hombre y de los primates superiores, mi amigo Miguel, bastante menos optimista que yo respecto a las bondades de la naturaleza humana, suele recordarme la existencia de la guerra como contraejemplo demostrativo de la maldad evidente del homo llamado sapiens. Suelo objetarle que la guerra no es sólo ejemplo de maldad y escenario de atrocidades, sino que en ella se encuentran también perfectamente ilustradas algunas de las mayores virtudes del ser humano: Heroísmo, abnegación, sacrificio, camaradería… ejemplos supremos, suelo decirle, de altruismo y generosidad. Claro es que tal argumento no me convence ni a mí pues ¿cómo pueden esas acciones borrar el horror que causan las carnicerías provocadas por las guerras?

Resulta chocante como, todo ese altruismo y voluntad de servicio que ponemos a disposición de “los nuestros” (nosotros) se convierte en salvaje instinto homicida cuando hablamos de “los otros” (ellos).

Basta con señalar a un grupo como distinto de nosotros, incluso usando los criterios más estúpidamente pueriles, para obtener el caldo de cultivo en que hacer crecer la violencia. Los políticos saben esto y lo usan eficazmente para azuzar reivindicaciones de todo tipo. Aquel capaz de establecer el criterio que determine quienes somos “nosotros” y quienes son “ellos” acabará mandándonos contra “ellos” tarde o temprano. Como reflexionaba Estanislao en mi anterior post “Homo homini lupus” cuando Plauto escribió esa frase en la “asinaria” no dijo estrictamente que el hombre fuese un lobo para el hombre, sino un lobo sólo para aquellos hombres que le eran desconocidos; es decir, era un lobo para “ellos” para los integrantes de la maldita tercera persona del plural.

La guerra ha sido una actividad común a todos los grupos humanos desde la noche de los tiempos. Es bien conocida la crueldad de algunas especies de simios (singularmente los chimpancés) para con sus congéneres, y no parece sino que la guerra hubiese acompañado al homo sapiens desde sus primeros estadios evolutivos, de tal forma que estuviese escrita en su ADN. Hoy he tenido ocasión de leer un trabajo publicado por la Universidad de Oxford que ilustra sobre la crueldad de que es capaz el ser humano incluso en los estadios más primitivos de civilización. Algunos de los datos que ofrece, por sorprendentes, merecen un capítulo apartepero, de momento, los dejo aquí anotados por si mi dispersa curiosidad me hiciera olvidarme de ellos.

En 1996 el Doctor Lawrence H. Keeley publicó un libro titulado “War Before Civilization” (Oxford University Press, 1996, 245 páginas) que le llevaron a poner en tela de juicio una serie de tópicos sobre la guerra generalmente admitidos por nuestros contemporáneos:

Mito 1: La guerra moderna es más mortal para los combatientes que la guerra primitiva debido a la tecnología. En realidad, dice Keeley, los numerosos enfrentamientos cuerpo a cuerpo que caracterizan a la guerra primitiva, producen un número de víctimas de hasta el 60%, en comparación con el 1% que, afirma, es típico en la guerra moderna. A pesar de la eficacia innegable de las armas modernas y de las carnicerías que provocan, la evidencia demuestra que la guerra primitiva es en promedio 20 veces más mortal que las guerras del siglo XX, ya se calculen como un porcentaje del total de muertes debidas a la guerra o como el número de muertes promedio por año a partir de la guerra como un porcentaje de la población total.

Mito 2: Las guerras primitivas eran poco frecuentes. En realidad, dice Keeley, incluso entre los supuestamente pacíficos indios de América del Norte, sólo el 13% no participó en las guerras con sus vecinos al menos una vez al año. Se trata del mismo porcentaje que tienen los más belicosos de los estados modernos. El Estado moderno medio está en guerra, en cambio, sólo un año de cada cinco.

Mito 3: La guerra se introdujo en las sociedades primitivas, originalmente pacíficas, por los colonizadores occidentales. Esta visión se asocia con estudiosos como Brian Ferguson y otros que argumentaban,de forma  inverosímil, que la guerra era desconocida por los pueblos primitivos hasta que entraron en contacto con Occidente. Keeley muestra de manera convincente que nada podría estar más lejos de la verdad.

Mito 4: Las guerras primitivas se llevaban a cabo de manera irregular, amateur, usando tácticas ineficaces, y terminaban por lo general después de un puñado de bajas. Este punto de vista, dice Keeley, comenzó con las ideas de etnógrafos tales como Quincy Wright y Harry Turney, que crearon el tópico de la guerra primitiva benigna y casi amateur, indisciplinada y no particularmente sangrienta. En general, por el contrario, las tácticas utilizadas en estas guerras, fueron brutalmente eficientes, y debido a la precaria situación sobre todo alimenticia de los combatientes, estas guerras condujeron a menudo a la aniquilación de tribus enteras.

Mito 5: La moderna estrategia militar es más efectiva que las estrategias guerrilleras empleadas por las sociedades primitivas. En realidad, Keeley afirma que el mayor éxito de las campañas militares occidentales ha sido en gran parte debido a sus mayores recursos, no debido a las ventajas tácticas.

El gráfico contenido en la imagen ilustra sobre el porcentaje de varones muertos en función de su pertenencia a determinados grupos tribales, étnicos o políticos y merece una seria reflexión y hasta su recomprobación regular. La verdad, uno no desearía ser un varón Jivaro. (pinche en la imagen para ampliar)

 

 

Venganza

Tradicionalmente la venganza ha tenido mala prensa. Casi todas las religiones y tratados morales suelen condenarla y, sin embargo, tengo para mí que en ella debemos buscar una buena parte de lo que el ser humano entiende por justicia.

Permítanme que, como en tantos otros post de este blog, vuelva a citar la obra de Robert Axelrod, concretamente su libro “The evolution of cooperation”, donde el autor examina las posibles estrategias con que enfrentarse al llamado “dilema del prisionero iterado”, del que ya hemos tratado también en otros post de este blog. Dicho juego es un magnífico banco de pruebas para estudiar las estrategias con que la naturaleza resuelve las tensiones que se producen entre las ventajas que ofrece la cooperación y la natural tendencia “egoista” de los cooperantes, ya sean estos bacterias u hombres.

Robert Axelrod organizó un concurso para encontrar una estrategia válida para el dilema del prisionero iterado. Se jugaría un torneo con 200 rondas por partida, y el programa con mayor puntuación sería el ganador.

Entre los 14 participantes, Anatol Rapoport presentó un programa que consistía en 4 líneas en BASIC, y al que llamó “Tit for tat” (Dónde las dan las toman). Sólo tenía dos reglas:

1. Comenzar colaborando

2. Hacer lo que tu oponente hizo la ronda anterior

Era la más sencilla de todas las estrategias presentadas y fue la que obtuvo la puntuación más alta. Después de la publicación de los resultados, se organizó un segundo torneo, en el que el número de rondas a jugar por partida sería aleatorio (para no crear una ronda especial, la final, en la que se favorece la deserción). A esta competición se presentaron 62 participantes, entre ellos el mismo “tit for tat” que, de nuevo, obtuvo la mayor puntuación.

“Tit for tat”, ciertamente, se guiaba por una estrategia basada en la reciprocidad que se demostró particularmente eficaz en los juegos de cooperación; sin embargo, presentaba problemas frente a estrategias también basadas en la reciprocidad pero menos amables que la suya. Si, por ejemplo, “tit for tat” se enfrentaba a un programa con sus mismas instrucciones pero que, a diferencia de él, desertaba en la primera ronda, la cadena de retaliaciones (venganzas) se prolongaba indefinidamente, lo que resultaba devastador para la cooperación. Fue por eso por lo que se propusieron estrategias que, sobre la base de “tit for tat”, trataban de corregir los efectos perniciosos de su implacable reciprocidad, sobre todo cuando el rival tenía tentaciones egoístas.

No podemos dejar de admirar como estos programas reproducían las consecuencias de algunos de los más típicos debates morales en relación a la venganza.

La estricta reciprocidad que gobernaba a “tit for tat” hacía que la famosa frase de Ghandi “ojo por ojo y el mundo acabará ciego” resplandeciese; sin embargo, las estrategias más cooperativas o “pacifistas” en ningún momento se revelaron como serias candidatas al triunfo. De los trabajos realizados parece desprenderse, más bien, que las estrategias más exitosas se han de fundar de un modo u otro en la reciprocidad y, por lo mismo, han de ser vengativas dentro de unos límites difíciles de discernir. La reciprocidad (y por ende la venganza) son básicas para una estrategia cooperativa exitosa.

También una adecuada economía del perdón es precisa, la férrea reciprocidad que debe presidir las estrategias cooperativas es mucho más exitosa si se mezcla en proporciones adecuadas con el perdón y el olvido. Como la vida misma.

Siendo, en principio, la reciprocidad la estrategia estadísticamente más favorable para regular las tensiones cooperación-egoismo, resulta razonable investigar si podemos encontrar esa reciprocidad en las conductas de seres vivos inferiores como baterias, peces o incluso mamíferos no humanos y, hasta donde se ha investigado, parece que así es, por lo que no parece razonable dudar de que dicha estrategia es, para los animales que la practican instintiva y, por tanto, de un modo u otro, genética.

Y si esto es así, como lo es, ¿qué podremos decir del ser humano? ¿es la reciprocidad, la gratitud pero también la venganza, un instinto natural? ¿sería la venganza uno de esos instintos con que la naturaleza nos equipa para poder afrontar nuestra vida de animal gregario?

No sé de la existencia de estudios específicos al respecto pero mi intuición me dice que, de un modo u otro, la venganza es un instinto natural del ser humano, si bien, en las sociedades avanzadas, la venganza se ha refinado hasta extremos verdaderamente sofisticados.

Los hombres hemos implementado la venganza con otras estrategias admirables. La supresión de la venganza privada ha limitado grandemente uno de sus peores defectos, las cadenas de venganzas; hemos eliminado la perniciosa “última ronda” del juego alargando el futuro mediante las creencias de ultratumba de las religiones; hemos fomentado el perdón como estrategia más moralmente aceptable que la venganza… aunque probablemente todos sabemos que, en el fondo, la venganza, es una herramienta insustituíble.

La venganza (o la reciprocidad si se prefiere) es más que probable que sea uno de los instintos que está en la base de lo que los hombres llamamos justicia y que su mala fama sea, solamente, una forma de controlar un instinto tan útil como peligroso.

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Orgullosos como los monos

Orgullosos como los monos

En 2003 se publicaron los resultados de un curioso experimento con primates llevado a cabo por la universidad estadounidense de Emory. Sarah Brosnan y su colega Frans de Waal (quizá el más reputado primatólogo de la actualidad) realizaron un experimento para tratar de aclarar si el sentido de justicia es un comportamiento producto de la evolución humana o el resultado de las reglas que se establecen en la sociedad.

Para ello entrenaron a un grupo de primates a los que enseñaron a  intercambiar fichas por comida o a realizar trabajos para obtener comida: Los experimentadores daban a los primates un pedazo de pepinillo a cambio del “pago” de una de esas fichas o de la realización de alguna tarea. Lo sorprendente fue que, cuando uno de los primates recibía a cambio de la ficha o tarea en lugar del trozo de pepinillo una uva (un manjar mucho más apetitoso), el resto de los primates que habían recibido el acostumbrado trozo de pepinillo no sólo se negaban a cooperar sino que incluso se negaban a comer.

Esta conducta de los monos, desde el punto de vista de la teoría de juegos es irracional pues, evidentemente, es mejor recibir un trozo de pepinillo que no recibir nada y, sin embargo, de acuerdo al estudio publicado en la revista Nature, los monos se ofendían cuando veía que uno de sus compañeros recibía un premio que consideraban más apetitoso que el suyo a cambio del mismo trabajo o de la misma cantidad de fichas. El experimento se realizó con monos capuchinos separados en parejas y el experimento consistió, precisamente, en premiarlos de diferente manera por una misma tarea, bien fuera dándoles uva en lugar de pepino o, simplemente, no pagando su trabajo.

Los monos, cuando percibían la desigualdad del pago, a veces ignoraban la recompensa y otras veces la aceptaban para después, muy dignamente, tirarla. Curiosamentelos primates nunca se enfadaron con el mono que recibía mayor premio.

No creo que el experimento tenga relación con un “instinto de justicia” más que de forma indirecta y remota. La conducta de los monos parece estar relacionada más bien con lo que los humanos llamaríamos “orgullo” o “amor propio”, emociones que, intuyo, están más relacionadas con las estrategias de cooperación que con la justicia; justicia que vendría a ser una especie de producto final o precipitado de todas esas estrategias.

Ciertamente, como dije, la conducta de los monos es incomprensible si la analizamos a la luz de la teoría de juegos pues recibir algo a cambio del trabajo o la ficha es mejor que no recibir nada, pero, la conducta de los monos es extremadamente comprensible si la enmarcamos dentro del principio estratégico general que rige la cooperación en la naturaleza: La reciprocidad.

Como ya señaló Axelrod en su libro “The Evolution of Cooperation” la reciprocidad se ha revelado como una de las estrategias más exitosas en el campo de la cooperación natural. Sus modelos y torneos informáticos revelaron que “tit for tat” (una estrategia fundada en la reciprocidad) es una estrategia evolutivamente estable en la mayor parte de las ocasiones, por lo que no es aventurado pensar que las emociones ligadas a dicha estrategia han sido incorporadas genéticamente por las especies más señaladamente gregarias, mamíferos, monos y seres humanos incluídos.

La falta de reciprocidad provoca sensaciones de desagrado y ese desagrado lleva a los participantes en el juego a abandonar su participación en él. Los monos parecen decirle al experimentador: “Si no hay reciprocidad no quiero participar en tu juego”.

Podríamos pensar que la conducta de los monos es ajena por completo al ser humano pero me gustaría recordar aquí un famoso experimento (esta vez realizado con seres humanos) que puede arrojar bastante luz sobre la cuestión.

El juego del ultimátum es un juego muy habitual en el campo de los experimentos económicos. En dicho juego dos jugadores han de interactuar para dividir una cantidad de dinero que se les ofrece. El primer jugador propone cómo dividir la suma entre los dos jugadores, y el segundo jugador puede aceptar o rechazar esta propuesta. Si el segundo jugador rechaza, ninguno de los jugadores recibe nada. Si el segundo jugador acepta, el dinero se repartirá de acuerdo a la propuesta. El juego se juega sólo una vez para que la reciprocidad no sea un problema.

Por ejemplo, supongamos que yo ofrezco mil euros a repartir entre dos personas. La primera de ellas podrá tomar la cantidad que desée (por ejemplo 800 euros) y la segunda decidirá si se queda con los 200 restantes o si los rechaza, en cuyo caso ninguno de los jugadores cobrará nada. El experimento sólo se realiza una vez.

Las matemáticas nos dicen que el segundo jugador debería aceptar cualquier cantidad que le deje el primer jugador (cobrar algo es mejor a no cobrar nada) pero la experiencia nos dice que incluso el ser humano abandona la racionalidad cuando recibe una oferta que le parece “ofensiva”, prefiriendo no cobrar nada a cobrar poco. ¿Se imagina usted que, de los mil euros, el primer jugador toma 999? ¿se quedaría usted con las ganas de rechazar la oferta aunque perdiese el euro restante?

Sinceramente, ¿no sentiría usted que le está tocando las narices el primer jugador si toma 800 euros sabiendo que usted no tiene nada mejor que hacer que aceptar los 200 que le ha dejado?

Lo oigo todos los días en mi despacho cuando transmito a mis clientes una oferta de la parte contraria: “No voy a dejar que se rían de mí”, o “no es por el dinero, es que me está tocando las…”

Resulta evidente que en el caso de los seres humanos también están presentes las emociones que hacían sentirse ofendidos a los monos del experimento de Frans de Waal.

Y, aunque parezcan irracionales, esas emociones gobiernan una estrategia de conjunto increíblemente exitosa. Las emociones de hombres y monos han evolucionado no para resolver un experimento aislado, sino para resolver un experimento iterado, es decir, que se repite. “Si tu me ofreces un trato injusto y no lo acepto la próxima vez aumentarás la oferta”. Porque los instintos de hombres y monos no han evolucionado para resolver un experimento aislado, sino para resolver de forma instintiva y automática los complejos problemas que plantea la vida en comunidad.

O como diría uno de mis clientes al aceptar una de esas “ofensivas” ofertas a la baja: “Acéptelo pues mejor es eso que nada pero… ¡¡arrieros somos!!”

Racionales a veces, sí, pero orgullosos como los monos.

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